Al día siguiente, Bernát, Eszter y Máté se despertaron tras haber pasado otra noche a la intemperie. El rocío de la ma?ana calaba hasta los huesos; la temperatura rozaba apenas el 1°C. Los suéteres y chaquetas que traían desde su mundo no eran rival para aquel frío cortante, y tanto Bernát como Eszter temblaban incontrolablemente. Sin embargo, Máté parecía habitar en un clima tropical privado; no mostraba ni un signo de escalofrío.
—?Cómo es que tú no tienes frío? —preguntó Bernát, abrazándose a sí mismo en un intento inútil de generar calor.
—Eso es porque mi habilidad me permite opti...
—Sí, sí, ya sabemos —lo interrumpió Eszter mientras se ponía de pie con dificultad—. ATP, gasto moderado, mitocondrias, bla, bla, bla. Solo quiero llegar a una aldea pronto y dormir en una posada con un ba?o caliente. Una se?orita tan refinada como yo merece estar limpia, incluso en otro mundo.
—Tú no tienes nada de refinada —contestó Máté con su habitual tono monótono.
A Eszter se le formó una vena en la frente.
—Tal vez quieras saber lo "refinado" que está mi pu?o —amenazó, levantando la mano hacia el bioquímico.
—Ya dejen de pelear —intervino Bernát, intentando disipar la agresividad—. Mejor sigamos caminando. Tal vez encontremos esa aldea. Hay un río cerca y, por lo general, los humanos siempre crean civilizaciones junto a fuentes de agua.
—Bueno, tienes razón. No quiero gastar mi energía tan rápido —cedió Eszter, lanzándole una última mirada de advertencia a Máté.
Los tres comenzaron a caminar siguiendo el curso del río. Sin embargo, la esperanza de encontrar civilización fue disminuyendo a medida que las horas se convertían en un agotador ejercicio de resistencia.
—Ya me cansé —bufó Eszter, dejándose caer junto a un árbol cuando el sol empezaba a bajar.
—No hemos encontrado nada por más que caminemos —a?adió Máté, perdiendo por primera vez su tranquilidad característica—. Y ni siquiera hemos visto un solo conejo en todo este tiempo.
La energía inicial fue reemplazada por una sutil desesperación. Bernát miraba las sombras alargarse con miedo; no quería enfrentarse a otra noche de hipotermia. Pero justo cuando el ánimo estaba por los suelos, un ruido lejano captó su atención. Se acercaron con cautela y descubrieron un camino rural. A lo lejos, un comerciante movía sus mercancías hacia una aldea de tama?o considerable que se alzaba al final de la ruta.
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—?Lo logramos! Siempre dije que encontraríamos una aldea hoy —exclamó Eszter, olvidando convenientemente que había sido la primera en rendirse.
Llegaron a la aldea cuando la noche ya había caído. Por suerte, la iglesia local aceptó darles alojamiento. Aunque la habitación para los hombres era peque?a, Bernát y Máté no se quejaron. Tras un ba?o que les devolvió el alma al cuerpo, se desplomaron en sus respectivas camas.
—Pensar que apreciaría tanto una simple cama, por más común que sea —suspiró Máté.
—Tienes razón. Jamás había disfrutado tanto de un ba?o —coincidió Bernát, mirando el techo—. Máté... ?crees que algún día podamos regresar a Hungría?
—No lo sé. Pero espero que sí.
—Ma?ana deberíamos buscar trabajo —dijo Bernát, tratando de enfocarse en el futuro—. Necesitaremos comida y un lugar propio. No nos dejarán quedarnos aquí para siempre.
—Sí, pero por ahora, descansemos. Buenas noches, Bernát.
A la ma?ana siguiente, a las 7:00 AM, ambos salieron listos para enfrentarse al mercado laboral y se encontraron con Eszter, quien había tenido la misma idea, aunque su rostro reflejaba un sue?o profundo.
—Buenos días, Eszter. Veo que te levantaste temprano —saludó Bernát.
—Realmente no quería, pero necesitamos dinero —bostezó ella.
Sin embargo, el entusiasmo se estrelló contra una pared de rechazo.
—Soy bastante bueno con las matemáticas, puedo ayudar con la contabilidad... —intentó Bernát con un comerciante, pero este lo cortó en seco.
—No doy empleo a forasteros —sentenció el hombre antes de encerrarse en su negocio.
A Eszter no le fue mejor.
—Soy buena en el servicio al clien... —empezó ella, usando su tono más amable.
—Eres linda, pero no contrato forasteros —la interrumpió el tendero.
—Maldito viejo, juro que lo mataré —susurró ella entre dientes.
Máté también fracasó. Nadie quería escuchar sobre su eficiencia metabólica o su capacidad de trabajo pesado. Para los habitantes de la aldea, ellos eran simplemente extra?os sospechosos. Los tres se reunieron en el centro de la plaza, derrotados.
—?Alguien tuvo suerte? —preguntó Bernát.
—No. Por alguna razón, ni siquiera me escuchan —respondió Máté, visiblemente afectado por el rechazo sistémico.
—A mí tampoco —a?adió Eszter—. Incluso usé mi voz más tierna. En este pueblo le tienen un rencor terrible a los de afuera.
—Bueno, al menos queda una esperanza —dijo Bernát, sacando un folleto que le había dado un transeúnte—. Un comerciante me habló del gremio: "Nexo de la Providencia". Al parecer, es como un gremio de aventureros. Dicen que aceptan a todos y se puede ganar dinero haciendo misiones.
—?Increíble! Dice que incluso podemos hacernos famosos —exclamó Eszter, arrebatándole el papel para leerlo con emoción.
Máté, sin embargo, se quedó pensativo mientras observaba el folleto.
—Oigan... ?no se han preguntado por qué podemos entender a las personas de este mundo y leer su escritura como si fuera nuestro propio idioma?
Eszter se encogió de hombros.
—?A quién le importa? Así nos evitamos aprender gramática nueva. Siempre fui terrible con los idiomas. ?Recuerdan cuando intenté aprender espa?ol? Fue una pesadilla.
Sin más explicaciones, los tres decidieron atribuir aquel fenómeno a un misterio sin importancia o, quizás, a un autor perezoso sin ganas de explicar la lingüística de otro mundo, y se dirigieron con paso firme hacia el gremio.

