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La Gravedad del Destino

  —Al fin logramos progresar —comentó Bernát, ajustándose la placa de cobre.

  —Esto significa que ya no somos presas. Pronto, todas las bestias caerán ante nosotros —declaró Eszter con su habitual arrogancia defensiva, alzando su collar como un trofeo.

  Máté, por su parte, descansaba en un sillón, recuperando energías tras las semanas de basura y escarabajos, hasta que la hermana Beatrix entró en la sala con una canasta bajo el brazo.

  —Felicidades a los tres. Me enteré de que fueron ascendidos a rango Variable hoy —dijo Beatrix con una sonrisa—. Me preguntaba si alguno podría acompa?arme a recolectar algunas hierbas medicinales. Me da un poco de miedo ir sola hoy.

  Eszter, detectando la oportunidad perfecta para molestar a su amigo, se adelantó rápidamente.

  —Bernát y yo estaremos ocupados hoy, pero estoy más que segura de que Máté estaría encantado de protegerla, hermana Beatrix —dijo lanzándole una mirada traviesa al bioquímico—. ?Verdad, Máté?

  —C-claro, sería un placer —respondió él, levantándose de un salto, con el rostro ligeramente encendido por los nervios.

  Poco después, ambos caminaban hacia las afueras de la aldea. Beatrix compartía historias sobre su pasado y cómo terminó en el clero por decisión de sus padres, mientras Máté escuchaba con una atención absoluta. Sin embargo, la paz fue interrumpida por una voz infantil.

  —?Se?or Máté! —Pista apareció de repente y se colgó del brazo de su "maestro". —?A dónde va?

  —Qué adorable... ?es amigo tuyo, Máté? —preguntó Beatrix, incapaz de resistirse a estirar las mejillas del ni?o debido a su debilidad por los peque?os.

  Tras las presentaciones, Pista insistió en unirse a la expedición con la promesa de ser un legionario en el futuro. El trío se internó en el bosque cercano. Mientras la monja y el ni?o llenaban la canasta, Máté mantenía los sentidos alerta, vigilando la zona. El ambiente era idílico, pero la tensión comenzó a subir cuando unos pasos pesados crujieron en la maleza. Máté reaccionó al instante, colocando a Pista y a Beatrix detrás de su espalda.

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  De los arbustos emergió una figura imponente: un hombre alto y musculoso cubierto por una armadura de placas.

  —Oh, es usted, hermana Beatrix. Escuchamos ruido y vinimos a investigar —dijo el hombre, relajando su postura.

  —Qué susto nos diste, Benedek —suspiró Beatrix—. Pensamos que era una bestia o algo peor.

  Benedek no estaba solo. Junto a él aparecieron Zora y Lázaro. Los tres Legionarios de rango Constante, los protectores oficiales de la región, estaban patrullando la zona.

  —?Qué hacen los tres juntos aquí? —preguntó Pista, asombrado por ver a los guerreros más poderosos de la aldea reunidos.

  —Se recibió un reporte —explicó Zora con seriedad—. Un legionario de rango Variable afirmó haber visto por aquí a... Peter Pan.

  El nombre cayó como una losa de hielo. Beatrix palideció.

  —?Peter Pan? ?Por qué no evacúan la aldea? Una amenaza así podría borrarnos del mapa.

  —No hay pruebas sólidas aún —respondió Benedek—. No podemos desatar el pánico por un avistamiento incierto. Además, si aparece, nosotros tres le daremos tiempo a los civiles para escapar. Nunca subestimes a tres rango Constante trabajando en equi...

  Sus palabras se cortaron en seco. Repentinamente, el aire pareció volverse de plomo. Beatrix y Pista cayeron de rodillas, golpeando el suelo con un quejido sordo. Máté sintió como si un edificio entero se hubiera desplomado sobre sus hombros; sus articulaciones crujieron y terminó postrado contra la tierra, incapaz de levantar siquiera un dedo.

  Incluso los tres protectores de rango Constante, aunque luchaban por mantenerse en pie, estaban encorvados, con las venas del cuello a punto de estallar bajo una presión invisible que deformaba el entorno.

  —Vaya, vaya... ?qué tenemos aquí? —Una voz profunda y cavernosa, que parecía vibrar desde las entra?as de la tierra, resonó sobre ellos.

  Una sombra colosal se proyectó sobre el grupo, oscureciendo el claro del bosque. Ante ellos se alzaba una mole humana de proporciones aterradoras: un hombre de 3.13 metros de altura, con una musculatura tan densa y compactada que parecía hecha de roca. Su cabello pelirrojo encendido vibraba con la energía estática del ambiente, y su rostro estaba dominado por una sonrisa depredadora, una mueca tan ancha y cruel que parecía capaz de devorar la luz misma.

  Pista, pegado al suelo y temblando de terror, reconoció la sensación. No era magia ordinaria.

  —Una fuerza que nos clava a la tierra... es él —susurró el ni?o con lágrimas en los ojos—. Es la Pesadilla de Nunca Jamás... Peter Pan.

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