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Nido de cuervos

  Correr con el coxis gimiendo de dolor en cada zancada es una experiencia que no le deseo a nadie. Cada vez que mi bota golpeaba el empedrado de los callejones un relámpago de dolor me subía por la columna desde el culo hasta la base del cráneo.

  —?Por aquí! —siseó Donovan.

  El minotauro se movía con una agilidad antinatural para su tama?o ya le había visto moverse así pero siempre sorprende esquivando cubos de basura y cuerdas de tender con la ni?a elfa pegada al pecho como si fuera un tesoro de cristal. Sigrid iba a su lado todavía cubierta de esa costra de sangre y masa cerebral que empezaba a secarse dándole un aspecto digno de pesadilla.

  Zalas ya no dormía. Las campanas de la guardia empezaron a ta?er un sonido metálico y rítmico que anunciaba que los perros de caza habían sido soltados.

  —?Alto! —gritó una voz a nuestras espaldas.

  Un destello de acero brilló al final del callejón. Dos guardias habían doblado la esquina. No tuve tiempo de preparar un hechizo, mis pulmones pedían aire a gritos y el maná me fluctuaba por el cansancio. Estaba a punto de jugármela con una descarga desesperada cuando algo cayó desde un tejado.

  No no cayó. Descendió como una sombra líquida.

  Fue un borrón de plumas negras y cuero oscurecido. Antes de que los guardias pudieran bajar sus lanzas el extra?o ya estaba sobre ellos. Escuché dos tajos secos limpios casi elegantes. Los guardias se desplomaron sin soltar ni un quejido con las gargantas abiertas de par en par.

  —Si queréis conservar la cabeza cerrad la boca y seguidme —dijo una voz graznida metálica y cargada de autoridad.

  Era un Tengu. Vestía una armadura de cuero tachonado que parecía absorber la poca luz de la luna y portaba unas finas espadas de un solo filo, en uno de los pueblos por los que pasamos vimos una muy similar, creo que Sigrid se refirió a ellas como katanas, pero las de nuestro presunto salvador, eran más cortas, pero igual de mortales a judgar de como goteaban la sangre por su filo, el tengu misterioso realizó un movimiento rápido con ambas armas y las espadas parecieron escupir la sangre de sus filos contra el suelo. Sus ojos amarillos afilados como los de un halcón nos barrieron con un desprecio mal disimulado antes de echar a correr hacia un muro que parecía no tener salida.

  No teníamos otra opción. Seguimos al hombre pájaro por un laberinto de túneles que olían a salitre y una humedad agria, descendiendo hacia las tripas de la ciudad hasta llegar a una estancia amplia oculta bajo los cimientos de un almacén abandonado.

  Allí nos esperaban otros seis. Tipos con caras de pocos amigos mal armados pero con esa mirada de quien no tiene nada que perder.

  El Tengu se giró envainando sus armas con un clic seco que resonó en el silencio del sótano.

  —Soy Kaelas —dijo fijando su mirada en la ni?a que Donovan depositaba con cuidado en un rincón—. Habéis salvado a la peque?a. Supongo que debería daros las gracias por eso.

  Sigrid dio un paso al frente henchida de ese orgullo guerrero que tanto me irritaba a veces, pero pude advertir una sombra en sus ojos que trataba de ocultar con su actitud y esa sonrisa forzada que ponía cuando se obligaba a avanzar, en medio del caos, me sorprendí de lo bien que la empezaba a conocer, de la cantidad de veces que la ví poner esa mirada antes. Y un pensamiento me vino ala cabeza, Acaso Sigrid...

  —Era lo que había que hacer —sentenció ella limpiándose un poco de sangre de la mejilla con el dorso de la mano lanzando una mirada a la joven.

  Kaelas soltó una carcajada amarga un sonido que se pareció más a un graznido de cuervo irritado.

  —Lo que había que hacer... —repitió con veneno, en sus ojos pude ver que no llegaba su sonrisa, tenía una sensación extra?a, por alguna razón estaba incomodo, pero creo que me había roto el coxis—. ?Sabéis a quién habéis masacrado en esa posada?—Continuó.— Era el General Julious Korvrak. El jefe de la guardia y el único vínculo directo que teníamos para llegar al noble que gobierna Zalas. Llevábamos seis meses planeando su secuestro. Queríamos información nombres rutas del suministro de esclavos... Queríamos cortar la cabeza de la serpiente.

  El Tengu se acercó a Sigrid se?alando con un dedo similar a una garra de finas pluma negra el desastre de su ropa. —Pero vosotros en vuestro infinito alarde de heroísmo habéis convertido a un objetivo valioso en un charco de sesos. Ahora la ciudad es un puto búnker. No podremos movernos en meses. Y mientras nosotros nos escondemos cientos de esclavos seguirán muriendo en las cloacas y en los burdeles de este agujero por vuestra culpa. Habéis salvado a una ni?a sentenciando a cientos, felicidades.

  El silencio que siguió fue denso como el plomo. Donovan bajó la cabeza hacia la elfa, Sigrid apretó los dientes dudando por primera vez mientras cerraba los pu?os con aún más fuerza. Me miraron. Si esperaban que el mago dijera algo sabio o que se disculpara, lo tenían claro, perfil bajo me dijeron, pero si no hubiera saltado del catre Sigrid, te juro que lo habría hecho yo. ?Acaso no me crees joder?

  Sentí que algo se rompía dentro de mí. El dolor punzante desde el coxis, el cansancio y la imagen de esa ni?a aterrorizada se mezclaron en una combustión espontánea de mala leche.

  —Me importa una puta mierda vuestro plan —solté dando un paso hacia el Tengu.

  Kaelas me sostuvo la mirada. Sus ojos amarillentos eran dos monedas de oro frío rasgado y calculadoras esperando que me retractara. No lo hice. Al contrario sentí cómo el calor de la sangre me subía por el cuello no para lanzar un hechizo sino por pura bilis acumulada.

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  —?Te importa una mierda? —graznó el Tengu ladeando la cabeza con un gesto puramente aviar—. ?Sabes cuántos de los míos han caído hasta ahora preparando este plan?

  —He dicho que me importa una mierda —repetí acortando la distancia hasta que pude oler el rancio aroma a plumas húmedas y cuero viejo—. Si vuestro plan maestro para salvar al pueblo — Dije poniendo el gesto de comillas a pueblo— incluía quedaros de brazos cruzados mientras ese cerdo obeso hacía lo que le daba la gana con esa ni?a en la habitación de al lado, entonces vuestro plan no vale ni el papel con el que me he limpiado el ojete hace un rato.

  Se?alé con un gesto brusco hacia el pecho de Donovan donde la elfa intentaba hacerse invisible.

  —Me suda la polla lo difícil que sean vuestros asuntos, o las rutas de suministro o vuestra política de alcantarilla. Escuchamos un grito y actuamos. Si eso os jode el calendario de revoluciones comprados una agenda nueva. Pero no me vengas con sermones morales sobre sacrificar a uno por el bien de todos cuando el uno es una maldita cría que apenas sabe lo que le estaba pasando.

  El Tengu tensó las manos sobre las empu?aduras de sus katanas. Sus subordinados dieron un paso al frente pero Donovan se enderezó ganando esos palmos de altura que hacen que cualquier hombre, o pájaro en el caso de nuestro peculiar salvador, se lo piense dos veces antes de desenvainar.

  —La audacia del ignorante —siseó Kaelas—. Ahora no tenemos general no tenemos información y Zalas es una ratonera. Habéis matado la esperanza de esta ciudad, ma?ana esto va ha ser un hormiguero y buscarán responsables.

  Fue entonces cuando ocurrió. Sigrid que había estado escuchando con los ojos encendidos por una mezcla de culpabilidad y rabia se adelantó. Todavía tenía un trozo de hueso del general pegado al pelo rojizo, pero su postura en ese momento no era el de una herrera de un pueblo aislado, era la de una heroína de leyenda. Suspiró me miró con una extra?a gratitud que me dio escalofríos y se volvió hacia el grupo de rebeldes.

  —él tiene razón —dijo Sigrid se?alándome con el pulgar como si yo fuera un profeta iluminado y no un tipo que solo quería dormir toda la noche seguida sin levantarse a mear—. No podemos dejar las cosas así. Si nosotros hemos roto vuestro plan nosotros lo arreglaremos.

  Me quedé congelado. El aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran dado un pu?etazo en el estómago. ?Nosotros? ?Qué nosotros? ?Qué arreglaremos?

  —Sigrid... —empecé a decir con un hilo de voz que delataba mi pánico.

  Pero ella ya estaba lanzada. Se giró hacia mí con una sonrisa feroz rompiendo la máscara de sangre de su cara.

  —Gustab tiene razón. Tu solo dinos ha donde nos tenemos que dirigir. Vamos a terminar el trabajo. Vamos a por ese noble.

  Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

  <> Pensé.

  Yo solo había hablado por impulso, por el asco que me daba la situación por esa rabia sorda que me quemaba por dentro. No era heroísmo era mala leche joder. Pero ante la repentina mirada de esperanza de los rebeldes, y la determinación ardiente de Sigrid me vi acorralado por mis propias palabras.

  Tragué saliva mirando a Donovan que simplemente se encogió de hombros como diciendo, Tú has abierto la boca chaval.

  —Mierda —pensé. Pero lo que salió de mi boca bajo la presión de todos aquellos ojos fue una afirmación suicida— Eso es. Lo solucionaremos.

  Kaelas guardó silencio durante lo que pareció una eternidad observándome con la cabeza ladeada. Sus ojos amarillos parpadearon procesando mi estúpida declaración de intenciones. Sus hombres relajaron la tensión pero no la desconfianza.

  —?Vais a terminar el trabajo? —repitió el Tengu con su voz ahora en apenas un susurro gélido—. ?Tenéis idea de lo que estáis diciendo? El palacio del Gobernador no es una posada de mala muerte con paredes de madera podrida. Es una fortaleza dentro de una fortaleza. Hay más de cincuenta guardias de élite, trampas mágicas y probablemente algún que otro perro de guerra del General Vargus.

  Miré a Sigrid. Estaba radiante la muy idiota. El brillo de sus ojos me decía que para ella esto era una redención a alguna clase de trauma, pero para Donovan y para mí, era una invitación a que nos cortaran la cabeza y las pusieran en una pica.

  —Lo sabemos —dije aunque no sabíamos una mierda—. Pero ya habéis visto de lo que somos capaces. Si nos dais la ubicación y una distracción nosotros pondremos el músculo. —Se?alé a Donovan que seguía con la ni?a en brazos y luego me se?alé a mí mismo con una desgana que esperaba que pasara por confianza—. Y yo abriré la brecha.

  Kaelas soltó un graznido que esta vez sonó a aprobación relajando los hombros. Se acercó a una mesa desvencijada donde descansaba un mapa de la ciudad manchado de grasa y vino.

  —Está bien mago. Si tenéis tantas ganas de morir por un ideal que ni siquiera entendéis, os daré la oportunidad. Pero que quede claro, si falláis si os atrapan no os conocemos. No sois nadie. Y si la guardia llega a este refugio por vuestra culpa yo mismo me encargaré de que vuestra muerte sea mucho más lenta que la de ese cerdo en la posada.

  Sigrid asintió con entusiasmo estrechando la mano del Tengu dejando una mancha de sangre seca en las plumas del brazo de Kaelas. Yo mientras tanto sentía que el estómago se me encogía hasta el tama?o de una nuez.

  Me alejé un poco del grupo buscando un rincón donde el aire no oliera tanto a humedad y a lo que debía de ser conspiración ya que nunca había sentido esa mierda de fragancia. Me apoyé en una columna de piedra fría y cerré los ojos. En mi cabeza la frase de Sigrid se repetía como una maldición, nosotros lo arreglaremos. Joder la herrera Vitrea me había demostrado aquella noche que no solo era capaz de traicionar a un amigo por unas monedas, tambien tenía esa capacidad de los héroes de ver el mundo en blanco y negro, de creer que un acto de violencia podía equilibrar la balanza del sufrimiento.

  Yo sabía que no era así. Sabía que por cada noble que matáramos habría otro esperando en la sombra más joven más hambriento y probablemente más cruel.

  <> me pregunté. Hace apenas unos a?os, mi mayor preocupación era que un profesor de la Universidad me pillara robando algún pergamino prohibido. Ahora estaba en un sótano infecto conspirando para asesinar a un gobernante en una ciudad fronteriza, junto a una Vítrea fugitiva y un minotauro monje que hace apenas una semana o más, planeaban venderme.

  Sentí una mano pesada en mi hombro. No tuve que abrir los ojos para saber que era Donovan.

  —Has hablado bien Gustab —dijo con su voz de barítono tan calmada que casi me irritó—. Has defendido a Sigrid y a la peque?a. Eso es más de lo que muchos de los sabios de tu capital habrían hecho jamás, tienes mi respeto.

  —He hablado por impulso Donovan —mascullé sin abrir los ojos—. No soy un héroe. Solo tengo la lengua más larga que el sentido común.

  —A veces —respondió el minotauro con un tono en el que se sentía una sabiduría exasperante— los impulsos son lo único real que nos queda en un mundo lleno de planes y mentiras. Prepárate. Ma?ana Zalas arderá y nosotros seremos la chispa.

  Por alguna razón recordé la primera vez que charlamos tranquilamente, cuando hablamos de las cicatrices que el uso excesivo de la magia sin catalizador habían dejado en mi piel, recordé que él mismo poseía algunas, asentí en silencio, dándome cuenta de que todos tenemos un pasado.

  Me quedé allí en la oscuridad del refugio escuchando el susurro de los rebeldes sobre el mapa. Habíamos pateado el avispero sí. Pero ahora no nos quedaba otra que quemar el nido entero antes de que las avispas nos devoraran.

  Joder, que dolor de culo...

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