Antes del movimiento
Después de caminar día y noche, aprovechando que todos dormían...
El observador habló (líder, analista):
-?No les parece que esta conquista es distinta a las demás?
El impulsivo:
Si ya tenemos nuevas armas...
?Por qué no atacar a Vernak ahora?
Podríamos quedarnos con su puesto.
El temeroso:
Sin decir nada miró a los lados esperando que nadie los escuchara.
-No deberíamos ni mencionar su nombre... -susurró.
El pragmático habló en voz baja:
Vernak puede absorber metal.
Si atacamos ahora... moriremos.
Aún nos cree de fiar.
Eso es lo único que tenemos.
El observador habló (líder, analista):
-No podemos esperar demasiado.
Si su poder evolucionó... volverá a hacerlo.
Ya lo pensé.
Ma?ana todo se pondrá en marcha.
Desde lo alto
Desde lo alto, Gel guiaba a la guardia de Vernak desde los cielos, acechando caminos y techos en busca de la aldea.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Recordó las lágrimas de los ni?os del pueblo anterior.
Los cuerpos de sus padres.
La culpa tensó sus alas.
Mientras tanto, en el suelo los soldados seguían a pie, agotados tras caminar día y noche. Las armaduras para algunos eran ligeras, para otros pesadas; las armas eran un peso más. Sus piernas no daban más y, uno por uno, dejaron caer las armas y se desplomaron.
Al aterrizar, Gel respiró hondo y miró al capitán menor, dudando un instante antes de hablar:
-Acabo... acabo de encontrar la aldea. Está a unos 300 o 400 metros hacia el oeste...
El capitán menor, no respondió de inmediato
Desvió la mirada hacia las filas agotadas.
Entonces decidió.
-Atacaremos por la noche mientras los pangolines duermen.
La herida invisible
Cuando los soldados incluyendo el capitán menor se durmieron:
Gel a solas revive la escena del ni?o con el cadáver una y otra vez
Se dice a sí misma:
Pude haber hecho algo distinto
Quizás no tenía que ser así.
Sería más fácil seguir siendo el monstruo que esperan.
Si los salvo, Vernak sabrá que fui yo.
Una noche que no encaja
El capitán menor se despertó primero.
Se preguntó así mismo:
?Acaso estoy viendo bien?.
Hay más movimientos de noche que de día.
Buscó a Gel para ordenarle que volara sobre la aldea y confirmara lo que veía.
No la encontró.
Preguntó a los soldados por ella, pero nadie la había visto.
Los soldados al mirar la aldea, comenzaron a murmurar:
?Duermen el día y trabajan de noche?
Otro murmuró, asustado:
-Son como vampiros... ?y si nos succionan la sangre?
-Sí... ?y si salen a bailar cuando nosotros dormimos?
(Pausa.
El capitán menor cerró los ojos un instante, respiró hondo.
Sus dedos se tensaron alrededor del mango del hacha.
-?Cállense, torpes! -gru?ó, --
-Acabaremos la aldea sin esa cóndor.
-No la necesitamos.
Alzó el hacha.
Levántense.
Tomen sus armas.
Quítense el cansancio
Enciendan las antorchas,
Empujen las catapultas.
-Otro tiene razón... ?allá vamos!
Mientras el ejército avanzaba...
El impulsivo pasó la mano por una jabalina y no la soltó.
El pragmático ajustó el seguro de una bomba y la ocultó bajo la capa.
El temeroso se acercó a una catapulta, dudó... y corto la soga tensada.
Otro arrojó armas pesadas y escudos fuera del camino.
El observador los vio.
No dijo nada.
Nadie notó nada.
El ejército siguió avanzando.
Cuando nadie mira
Mientras la guardia avanzaba,
los rebeldes de Vernak se hicieron se?as,
se dirigieron al final del ejército
y se desviaron.
This content has been misappropriated from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere.
La amenaza
Cuando el ejército llegó a la entrada de la aldea
Escamas Doradas.
Capitán menor levantó la voz:
-?Pangolines! -gritó-. Exigimos que entreguen todo el metal que poseen.
Tenemos armaduras capaces de soportar cualquier golpe.
No esperen advertencias.
El jefe de la aldea respondió:
-?Quiénes son ustedes?-
El capitán menor habló de nuevo:
-Solo repetiremos la orden una vez más. Entreguen nos todo el metal.
El jefe de la aldea dio un par de pasos adelante.
-Si buscan nuestro metal, tendrán que enfrentarse a todos nosotros..
El capitán menor no dudó.
-Que caiga la aldea
La batalla
LA PELEA INICIA
Al escuchar la orden, los pangolines recibieron de inmediato la voz del jefe:
-?TODOS A SUS POSICIONES! ?PROTEJAN A LOS NI?OS!
Los adultos se enrollaron formando un círculo compacto alrededor de los peque?os, dejándolos en el centro.
Un segundo.
El aire se alargó.
Entonces comenzó la batalla.
Los más rápidos abrieron un pasillo seguro desde la aldea hasta un refugio de madera, por donde los ni?os fueron guiados y escondidos.
Al poco tiempo, pangolines hombres y mujeres enrollaron su cuerpo, convirtiéndose en esferas rígidas cubiertas de escamas de hierro natural y comenzaron a girar.
La guardia de Vernak avanzó en formación.
Los arqueros encendieron flechas y las dispararon hacia las casas,
mientras otros, con espadas, hachas y cuchillos curvos, se preparaban para el combate cercano.
IMPACTO INICIAL
Pangolines dominan
Los pangolines rodaron colina abajo.
El choque fue directo.
Las esferas escamosas golpearon a los soldados como proyectiles de ca?ón,
derribando los como piezas mal encajadas.
El capitán menor dejó escapar un suspiro áspero.
Vernak subestimó esta aldea.
Algunos soldados se acercaron y descargaron hachazos y estocadas contra los cuerpos escamosos.
No causaron ningún da?o.
Un soldado murmuró: -Esto no estaba en el plan.
Los pangolines más grandes extendieron sus colas cubiertas de escamas filosas y golpearon a los enemigos como si fueran látigos reforzados.
Golpe.
Otro golpe.
Varios soldados cayeron por la fuerza del impacto.
FLECHAS Y ARMAS DE FUEGO
Los arqueros lanzaron flechas incendiarias.
Las puntas ardientes chocaron contra las escamas y rebotaron sin causar da?o; otras se clavaron en la tierra, encendidas.
Luego, varios soldados avanzaron al frente. Apuntaron con lanzas y las arrojaron con fuerza.
El impacto contra el hierro natural de los cuerpos hizo que los pangolines se detuvieran por completo.
Un instante.
El avance se pausó
Algunos intentaron ponerse a salvo, mientras otros acudían de inmediato para ayudarlos.
LA GUARDIA DE VERNAK CONTRAATACA
Los soldados con armadura pesada avanzaron al frente, formando una línea defensiva para el ejército de Vernak.
Detrás de ellos, los arqueros lanzaron una lluvia de flechas incendiarias, mientras las catapultas disparaban rocas contra los alrededores de la aldea.
Los proyectiles cayeron cerca del refugio de madera donde se escondían los ni?os, levantando escombros y bloqueando las salidas.
Los peque?os se enrollaron y comenzaron a girar, intentando huir, pero la madera rota, las piedras y el fuego les cerraron el paso.
El humo empezó a esparcirse.
Los ni?os tosían.
Pedían ayuda.
Algunos pangolines corrieron hacia el refugio para rescatarlos, pero fueron repelidos por rocas lanzadas desde las catapultas.
El jefe de la aldea observaba el frente.
El humo y el fuego le ocultaban lo que ocurría detrás.
La desesperación estalló en su grito:
-?RETROCEDAN DEL FRENTE!
-?ESAS COSAS ESTáN ALCANZANDO A NUESTRA RAZA!
-?LOS MáS FUERTES AL ALA IZQUIERDA, ROMPAN SU FORMACIóN!
Después de la orden del jefe.....
A lo lejos, desde lo alto,
Una ave comienza acercarse hacia la aldea.
Se mantuvo suspendida, observando cómo sus compa?eros combatían abajo.
Entre gritos y el estruendo de las rocas, Gel escuchó algo distinto.
Llantos.
El sonido la atravesó.
Por un instante, el campo de batalla se desdibujó ante sus ojos.
Vio al ni?o, llorando, con la cabeza apoyada en el pecho inmóvil de su padre.
Un llanto silencioso... igual que aquella vez.
Sus alas se tensaron.
No pensó más.
Descendió.
Siguió el origen de los llantos ahogados por el humo y sin dudarlo, rompió el techo debilitado del refugio...
Inclinándose hacia el interior.
Los ni?os, al verla, reaccionaron de inmediato.
Algunos se enrollaron instintivamente.
Otros gritaron, aterrados por aquella enorme figura.
-??Qué... qué es usted?! -gritó uno.
-?No te acerques! -dijo otro
Gel bajó la cabeza y encogió las alas.
-Tranquilos... -dijo con la voz baja, forzándola a suavizar
No vengo a hacerles da?o.
?Por qué tendría que confiar en ti...?
sollozó una voz peque?a.
El fuego crecía detrás de ellos.
El humo ya alcanzaba sus gargantas.
El refugio ardía.
Los gritos se apagaron uno a uno.
No porque hubieran dejado de vivir, sino porque ya no tenían aire.
Silencio.
Entonces, nuevas rocas golpearon la pared.
El techo crujió.
Gel extendió una ala frente a los ni?os, cubriéndolos del calor.
Los peque?os se tensaron, sin soltarla, sin confiar del todo.
-Porque si quisiera hacerles da?o... no estaría perdiendo tiempo aquí -respondió-.
Voy a sacarlos de este lugar. Ahora.
Una peque?a pangolina se acercó sin soltarla, y terminó aferrándose a su ala, escondiendo el rostro entre las plumas.
-Usted... - dijo con una seguridad inesperada - es un ave muy linda.
Gel se quedó inmóvil un segundo.
Nadie le había dicho algo así antes.
Por un instante, olvidó el fuego.
Luego extendió el ala con más cuidado.
-Suban -dijo-
Ya casi están a salvo.
Uno por uno, los ni?os treparon sobre su espalda, aferrándose a sus plumas.
Cuando el último estuvo a salvo, Gel flexionó las patas.
Con un solo batir de alas, se elevó entre las brasas,
alejándose del campo de batalla
...hacia un sendero fuera de la aldea, uno que había visto desde lo alto.
Mientras Gel se alejaba entre el humo,
abajo, la batalla no se había detenido.
El jefe, junto con los pangolines de la aldea, descendió colina abajo tomando impulso.
Cuando se acercaban, las catapultas dispararon.
Los pangolines más altos fueron alcanzados de lleno por las rocas; los demás lograron esquivar los proyectiles.
Los escamosos que quedaron en pie se enrollaron y embistieron a los soldados.
Golpearon con fuerza, pero la armadura pesada resistió el impacto y no fue fácil derribarlos.
Detrás de esa línea defensiva, los artilleros continuaban disparando las catapultas sin detenerse.
El jefe de la aldea gritó:
-?NO FUNCIONó!
Se quedó inmóvil un instante.
El suelo vibraba.
Las catapultas continuaban lanzando proyectiles.
Apretó las garras.
-?DEBEMOS DESVIAR ESTAS COSAS!
Nuevamente se enrollaron y giraron,
golpeando a las catapultas.
No las desviaron.
Solo las rasgu?aron.
El capitán menor observó cómo golpeaban las catapultas.
Arrastraba el hacha por el suelo, sosteniéndola con firmeza, esperando el momento de un duelo: líder contra líder.
Al mismo tiempo, el jefe y los pangolines de la aldea embistieron una y otra vez y las
Golpearon sin descanso... pero las catapultas seguían disparando.
Una roca silbó en el aire.
El impacto alcanzó al jefe de la aldea de lleno, lanzándolo contra el suelo con un estruendo seco.
Por un instante, no se movió.
Los pangolines a su alrededor dudaron.
Entonces, el jefe apoyó una garra en la tierra...y se levantó.
Su cuerpo temblaba, las escamas estaban agrietadas, pero volvió a rodar hacia las catapultas, rugiendo una orden que no necesitaba palabras.
Siguió peleando.
El cansancio terminó por vencerlos.
Uno a uno, los escamosos cayeron al suelo.
Entre ellos, también el jefe de la aldea.
El capitán menor observó solo al jefe en el suelo.
Un segundo.
No dio ninguna orden.
No miró a los demás.
El filo del hacha dejó una marca larga en la tierra cuando avanzó.
El capitán menor. Se acercó al jefe de la aldea
-Eres fuerte -dijo-.
Pero hasta el metal se quiebra cuando se golpea lo suficiente.
-Mira a los tuyos
-Ya no pueden rodar como antes.
Deja que está aldea caiga y te prometo que tendrás una muerte rápida sin sufrimiento
El jefe de la aldea:
-No vuelvas a apuntar a los míos -gru?ó-.
Si quieres sangre... toma la mía primero.
El capitán menor:
Lo pensó por un instante y dio la orden
que se detengan dejo que el Jefe de la aldea se levante y se prepare.
Se miraron un instante.
El silencio duró apenas un latido.
Entonces, el capitán atacó.
El jefe reaccionó por instinto, alzando su brazo cubierto de escamas. El golpe chocó contra él con fuerza, obligándolo a retroceder un paso.
Intentó enrollarse, no para protegerse, sino para impulsarse, para contraatacar...
pero el cansancio llegó primero.
Sus músculos no respondieron.
El mango del arma impactó contra su cuerpo y lo lanzó al suelo.
Antes de que pudiera incorporarse, el filo cayó.
Y volvió a caer.
Una y otra vez.
Alrededor, los soldados comenzaron a aplaudir, celebrando cada golpe como si fuera un espectáculo.
El capitán siguió... hasta que sus brazos pesaron.
Hasta que su respiración se volvió áspera.
Finalmente, se detuvo.
No era placer lo que sentía.
Era la costumbre de imponer orden... incluso cuando ya no quedaba resistencia.
En el suelo, entre el dolor y la sangre, el jefe alzó la vista.
Y entonces lo entendió.
Los suyos ya no estaban.
Habían desaparecido.
El capitán miró alrededor. Los pangolines ya se habían ido.
Los soldados también lo notaron y comenzaron a reírse.
-Tu propia raza te abandonó -le dijeron.
El capitán menor: callense torpes esto es sospechoso.
Algo se movía bajo sus pies.
No lo suficiente para verlo.
Lo suficiente para incomodar.
Pero no era una huida.
Bajo tierra, los pangolines se desplazaban con rapidez, abriendo túneles con sus poderosas garras, fuera de la vista del enemigo.
Algunos avanzaban hacia las catapultas, buscando desestabilizar sus bases desde abajo.
Otros emergieron de pronto bajo los soldados enemigos.
Los golpes llegaron desde abajo, precisos y brutales.
Armaduras volaron.
Cuerpos cayeron.
El caos se desató.
Por un momento, nadie entendía de dónde venían los golpes.
Los soldados giraban sobre sí mismos.
El suelo ya no era seguro.
Otros pangolines activaron sus glándulas defensivas.
Una emanación densa se liberó en el aire.
No era visible, pero avanzó con rapidez, filtrándose por las aberturas de las armaduras y las viseras cerradas.
El efecto fue inmediato.
Algunos soldados retrocedieron desorientados.
Otros, presas del pánico, se arrancaron los cascos buscando aire.
La formación se quebró.
La guardia perdió la coordinación.
AVANCE DE LOS PANGOLINES
El líder de la aldea gritó:
- ?NO SE DETENGAN! ?CIERREN EL PASO!
Más pangolines volvieron a rodar golpeando con más fuerza.
Obligando a los enemigos a rendirse.
Algunos soldados intentaron mantener la formación.
Clavaron lanzas en el suelo, formando un muro improvisado,
Gritaron órdenes desesperadas.
Pero el impacto los arrolló de nuevo.
Los soldados con armaduras más pesadas no podían levantarse.
tras recibir un impacto directo en las piernas.
Algunos optaron por abandonar su armadura y salir corriendo.
El grupo de arqueros intentó reorganizarse, pero los pangolines ya estaban demasiado cerca para disparar.
DONDE NO LLEGAN LAS ARMAS
Más tarde Gel regresó volando a la aldea.
Desde lo alto vio a varios heridos y otros intentando levantarse del suelo.
Quedó suspendido un instante.
Ya no los veía como misión; Veía a padres perdidos reflejados en ellos.
No los ayudados; Aún podía moverse.
El fuego devoraba las casas.
Pensó que, si había ni?os atrapados en una, debía haber más en otras.
Sin que nadie la viera, entró por el techo de la primera vivienda.
Buscó. Nada.
Pasó a la siguiente. Nada.
En la tercera estuvo a punto de irse, hasta que vio una puerta que conducía al sótano. No quiero marcharse sin revisar.
Forzó la cerradura en medio de las llamas.
El calor y el humo la hicieron jadear.
Cuando logró abrir, se horrorizó: un ni?o estaba allí, con cuerdas mordidas alrededor de las manos, las peque?as garras aún tensas por el esfuerzo.
Por dentro sentí algo que no era culpa ni miedo...
Tenía rabia por haber llegado tarde.
Lo envolvió con sus alas.
Inclinó el cuerpo para protegerlo.
-No mires -susurró.
Lo sostuvo con fuerza contra su pecho.
Su respiración era irregular.
Aun así, no se movió.
Se inclinó apenas, cubriéndolo por completo.
Y salió atravesando una pared en llamas. Varias plumas se quemaron en el intento.
Gel se quedó desmayado por un instante.....
Gracias por leer este capítulo.
Este momento marca un punto importante para Gel y también para el conflicto que rodea a Vernak. A veces, incluso en medio de la guerra, una sola decisión puede romper el ciclo de destrucción.
Si te gustó el capítulo, puedes apoyar la historia siguiéndola o dejando un comentario.
Tu apoyo ayuda mucho a que esta historia siga creciendo.
Nos vemos en el siguiente capítulo.

