***Punto de vista de Emma***
Acostada en mi cama, el silencio de la noche se siente asfixiante. Después de un tiempo indeterminado, la inquietud por todo lo que ha sucedido me saca de la cama. Cambiándome de ropa, me dirijo a la puerta, que se abre con un chirrido. El frío de las calles nocturnas me relaja, aunque sea un poco. Al caminar por estas mismas calles, el contraste entre la vida que desborda durante el día y el silencio sepulcrante de la noche me deja una pesada sensación en el pecho.
Cruzando unas cuantas calles, la luz de la oficina de Akeeva ilumina el peso que siento en el corazón, y una sonrisa casi inconsciente se asoma en mis labios.
—Esta mujer nunca entiende —murmuro para mí.
Al entrar en el edificio, me llama la atención la recepcionista, que duerme sobre la mesa. Acercándome con sutileza, le toco el hombro y, con un sobresalto, ella se despierta.
—S...s... Se?orita Emma, yo...
Antes de que pueda disculparse, alzo suavemente la mano y respondo:
—No te preocupes, ya es tarde; deberías ir a descansar.
—Pero la se?orita Akeeva...
—No te preocupes, si llega a decir algo, le lanzaré lo primero que tenga a la mano antes de que te haga algo. —Sonrío en se?al de comprensión.
Asintiendo efusivamente, la chica recoge sus cosas torpemente y se dirige a la salida. Tras un último asentimiento, sale por la puerta, dejando la recepción sola. Tomando un suspiro, cierro la puerta y apago todas las luces innecesarias. Al subir las escaleras, el rechinar de los escalones anuncia mi llegada. Al entrar por la puerta de madera, ya desgastada por los a?os, la figura de Akeeva y Zirog sentados en lados opuestos del escritorio me sorprende sutilmente.
—?No sabía que las visitas conyugales eran lo tuyo? —me burlo, cruzándome de brazos.
—Hola, Em —saluda Zirog, poniéndose de pie.
—No sabía que eras de hacer esas bromas —opina Akeeva, alzando una ceja.
—Bueno... supongo que hay cosas que deben cambiar con el tiempo —respondo sin interés.
—?Y a qué se debe la visita a deshoras? —pregunta Akeeva.
—Se te olvida, hoy es el día de la conmemoración —respondo con un tono algo triste.
—... —responde Akeeva.
—Creo que debería dejarlas solas —habla Zirog.
—Antes de eso, creo que ella debe saber —pide Akeeva, mirando a Zirog.
—?Estás segura? —pregunta Zirog, con un tono algo ansioso.
—Confío en ella y... merece saber —responde, mirándome fijamente.
—?De qué hablan? —cuestiono.
—Siéntate, Em —pide Zirog, se?alando la silla en la que estaba sentado.
Con un silencio tenso, ninguno de los dos me mira, como si estuvieran buscando las palabras adecuadas.
—Bueno, deberían hablar rápido o el sue?o regresará a mí —pido, frustrada.
—Sabes que nuestra situación es complicada, ?verdad? —interroga Zirog.
—Sí, las lluvias, los dragones y sus nuevas zonas de casa... lo de siempre —explico.
—Hay algo más —habla Akeeva.
—?Qué cosa? —presiono.
—Vacíos —responde Zirog, casi como una sentencia, mientras continúa—: no buscaban a los dragones activamente, pero últimamente hemos encontrado rastros de lucha entre ellos en zonas del bosque donde nunca llegan, incluso en dirección a las profundidades.
—?A qué se refieren? —incrédula, exijo más.
—Lo que tratamos de decir es que, si antes necesitábamos a los indígenas para cruzar el invierno, ahora los necesitaremos para sobrevivir a los cambios que esta lucha podría causar.
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—Pero podría ser un evento aislado o una simple coincidencia; los vacíos no atacan sin más, a menos que se metan en su territorio, al igual que los dragones, a menos que...
—Un tercer sujeto —completa Akeeva.
—Gusanos de tierra —termina Zirog.
—Imposible; esas cosas son de rango A y son seres de desiertos, no de este tipo de lugares.
—Lo que nos lleva a suponer que alguien los trajo con otra intención —opina Akeeva.
—Y un grupo de ellos es capaz de alterar el ecosistema, lo que lleva a los dragones y vacíos a reaccionar —explica Zirog.
—Deberíamos pedir ayuda a los Dane o incluso a la ciudad santa, o en Eliington, tal vez allá —mientras los miro, la pesadez en sus ojos se hace cada vez mayor.
—Los Dane no respondieron; la ciudad santa está en pleno cambio de título de santa y tomará demasiado tiempo. Del otro lado del continente dijeron que no; aparte de utilizar nuestros servicios, tenían sus propios problemas —explica Akeeva, apretando el pu?o con una sutileza que para los demás pasaría desapercibida, pero para mí es una mezcla clara de frustración y rabia.
—Mierda —es lo único que alcanzo a decir mientras las ideas se desvanecen tan rápido como llegan—: pero los Dane usan nuestras rutas, nosotros proporcionamos los medios para que ellos logren cruzar el océano; incluso del otro lado, aquí eso... eso —trato de negar.
—Eso no tiene sentido, lo que nos hace suponer que ellos tuvieron algo que ver o están atados a no actuar —habla casi sin interés.
—Cuando llegue el invierno y las rutas marítimas cierren, lo que nos quedará será aliarnos con reinos peque?os y rezar para que no dupliquen sus precios —pide Akeeva.
—Si buscamos al que trajo a los gusanos —expongo.
—Hemos perdido muchos aventureros en estos días; si ellos y los Dane tienen algo que ver en esto, no creo que podamos hacer mucho. Además, nuestras luchas internas no nos dan todo el poder de fuego que podríamos tener.
—Ella no va a...
—Ja, ella solo ve por los suyos, incluso si la orca se acerca —susurra Zirog, mirando por la ventana.
—Bueno, sus palabras fueron "hagan lo que deseen" y luego se fue a reforzar los muros más cercanos a los bosques; después de todo, es la que controla a la mayor parte de los soldados y los mercenarios —opina Akeeva.
—?Y qué se supone que vamos a hacer? ?No deberíamos enviar a más personas para ayudar en las negociaciones? —indago con un toque de preocupación.
—Nos enteramos poco más de una semana después de que ellos se fueron y enviamos a los mejores soldados que teníamos para negociar... tal vez no llevar a los ni?os y algo más de seguridad, pero... —explica Akeeva.
—Enviar a más personas podría presionar demasiado a los indígenas y lo último que queremos es forzarlos.
Tras estas palabras, un silencio pesado se asienta en la habitación. De pronto, esa sensación incómoda termina de asentarse en mi pecho. Los rostros de Akeeva y de Zirog empiezan a agobiarme, y el peso injusto que colocamos en esos ni?os hace que mi corazón se acelere. El dolor de cabeza comienza a crecer dentro de mí; los ruidos del exterior se pierden entre los latidos de mi propio corazón.
De pronto, una mano cálida me saca de mis pensamientos.
—?Akeeva? —pregunto.
—No te frustres tanto; lo mejor en estos casos es esperar lo mejor —me consuela Zirog.
—Mejor hablemos de otra cosa —pide Akeeva.
—?No deberíamos ir a otro lugar? —cuestiona Zirog.
—Es verdad, Em, por favor —pide Akeeva.
—Claro —sonrío ante su pedido.
Poniéndonos de pie, Akeeva se acerca suavemente a Zirog y, juntando su cabeza a la suya en un gesto de despedida, ambos se despiden. Con un asentimiento, ambas nos dirigimos a la puerta.
—?Lo primero que tengas a la mano? —pregunta Akeeva en tono burlón.
—Esa ni?a tenía sue?o y ambas sabemos que no sería la primera vez que lo hiciera —respondo entre risas.
Deteniéndonos frente a la puerta, Akeeva se vuelve hacia atrás.
—Zirog, ?podrías abrir la puerta? Los aventureros buscarán las misiones en poco tiempo. Gracias.
Con un gui?o, Akeeva me tira del brazo y, sin dejarme responder, lo dejamos atrás. Al salir de las oficinas, los primeros rayos de sol iluminan las calles, ofreciendo una calidez reconfortante a mis mejillas.
—Debes admitir que esta luz tiene un aire casi... mágico —propone Akeeva, mirando hacia el horizonte.
—Ellos lo lograrán —afirmo, igualando su mirada.
Caminando por las calles que hace unas horas estaban llenas de frialdad y soledad, ahora se van llenando poco a poco de personas y vida. Esto me brinda una calidez reconfortante. Al cruzar varias calles, el bullicio de las personas que recién comienzan a despertar se va quedando atrás.
—Las cosas se han ido complicando cada vez más desde que él decidió continuar por un camino diferente, ?no lo crees? —pregunta distraídamente Akeeva, con la mirada perdida.
—?Aún no lo extra?as? —cuestiono.
—él era el único a quien he llamado hermano —responde.
—Puede que las cosas sean complicadas, pero llegan nuevas personas que sabrán lidiar con ellas —la consuelo, sin confiar del todo en mi respuesta.
—Llegamos —afirma, viendo al frente. Las puertas del cementerio de la ciudad nos dan la bienvenida; sus dos puertas de hierro ofrecen una sensación fría que el sol de la ma?ana no puede calentar.
—Entremos —pido.
Sin decir nada, caminamos juntas a través de esas puertas que cada a?o nos ven pasar, cruzando varias lápidas desgastadas. Dos nuevas y recién llegadas nos hacen detenernos: los nombres de Benicio y Sofía se presentan ante nosotras.
—Cómo quisiera escuchar su rega?o por tomar mucho —ríe Akeeva mientras une sus manos.
—No te preocupes, yo lo hago por él —agrego mientras imito su postura.
Al terminar de rezar, ambas nos sentamos frente a las lápidas en un silencio casi sepulcral que nos invita a reflexionar.
—Emma, hay... algo más —opina Akeeva, rompiendo el silencio.
—...
—Hay una rama separada, buena, una secta que está tomando fuerza en el continente vecino. Ellos... ellos nos ofrecieron su ayuda. Su líder, según averigüé, es alguien bueno... justo, pero...
—Alguien así no es de tu confianza, ?me equivoco? —me adelanto, soltando un suspiro.
—No lo sé; hay algo en toda su presentación que me hace querer alejarme de ellos, pero si tú crees...
—Confío en ti, Akeeva. Tú y... Benicio me salvaron; sus intuiciones nunca fallaron. Por ello, si crees que ellos no son de confianza, es suficiente para mí —interrumpo, sin dejar de mirar el ataúd de Benicio y Sofía.
—Gracias —habla Akeeva, después de un segundo de silencio.
En las profundidades de mi corazón, yo también quiero creer que todo esto va a mejorar.

