Yui despertó envuelta en un silencio muy tranquilo
Durante unos segundos no supo dónde estaba. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas del gran salón, pintando el techo con tonos dorados y suaves sombras. Luego, poco a poco, las formas comenzaron a tomar sentido: sofás, mantas, armas apoyadas contra las paredes… y cuerpos.
Todos estaban ahí.
Risa dormía sentada, con la cabeza apoyada contra el hombro de Athena. Nerfex estaba desparramado en el suelo, roncando sin el menor pudor, mientras Kimara había terminado usando una almohada contra el sillón. Nyx abrazaba una bolsa de pociones como si fuera un peluche. Aris tenía una pierna colgando del sofá, y Friden dormía boca arriba con una expresión de paz casi exagerada. Incluso Morgana, siempre tan elegante, había caído rendida en una butaca, con el grimorio abierto sobre su pecho y Mina se había apoderado del sillón más grande de la sala.
Yui parpadeó.
Una calidez suave le llenó el pecho.
No eran solo compa?eros de combate. No después de lo que habían pasado. Eran… algo más. Familia, aunque todavía le costara aceptarlo del todo.
Con cuidado, se incorporó para no despertarlos. Sus músculos dolían, y su cuerpo todavía estaba cansado, pero su mente ya estaba despierta, inquieta. La idea del laberinto la llamaba como un imán. Como si cada minuto que no estuviera allí fuera un minuto desperdiciado.
Se levantó en silencio y caminó despacio hacia la salida del salón.
Abrió la puerta con suavidad y avanzó por los pasillos de la residencia. Todo estaba tranquilo. A lo lejos, desde una ventana, podía verse la silueta imponente de la torre, recortada contra el cielo matinal. El laberinto la esperaba, como siempre.
Giró una esquina… y casi chocó contra alguien.
— ?A dónde cree que va la peque?a heroína?
Yui dio un peque?o salto.
— ?D-Diosa!
La diosa estaba de pie en la cocina, apoyada contra el marco de la puerta, con una taza humeante en la mano. Su mirada era tranquila, pero divertida, como si hubiera estado esperando exactamente ese encuentro.
—Buenos días —agregó—. ?O debería decir adiós?
Yui tenía una cara muy avergonzada.
—Yo… solo iba a ver el laberinto. No pensaba entrar todavía.
—Claro —respondió Mora con una sonrisa que dejaba claro que no le creía ni un poco—. Y yo solo iba a beber té
Yui bajó la mirada.
—No quería molestar a nadie…
—No molestas —dijo Mora, dando un sorbo—. Pero si sigues intentando huir de las camas y de la calma, vas a terminar agotada antes de dar tu próximo paso importante.
Yui dudó unos segundos.
—Es que… cuando me detengo, empiezo a pensar demasiado.
Mora ladeó la cabeza, observándola con atención.
—Lo sé. Por eso —agregó, girándose hacia la cocina—, ven. Si vas a pensar, al menos hazlo con una taza de té de fresas en la mano.
— ?Té de fresas…?
—Recién hecho —dijo Mora—. Y no acepto un no como respuesta.
Yui no pudo evitar una peque?a sonrisa. Dejó escapar un suspiro y siguió a la diosa hacia la mesa.
El vapor tibio subía en espirales suaves, y el aroma a fresas llenó la cocina con una dulzura que parecía ajena a todo lo que habían vivido en los últimos días. Cuando dio el primer sorbo, algo dentro de su pecho se aflojó. No era solo el sabor… era el recuerdo.
La imagen de su madre apareció con una claridad dolorosa: sentada junto a la ventana de su casa en Eldoria, con una tetera entre las manos, sonriéndole mientras el sol de la ma?ana se filtraba entre las hojas del gran árbol sagrado. Ese mismo té. Esa misma fragancia. Yui sintió cómo una sonrisa peque?a y sincera se dibujaba en su rostro sin que pudiera evitarlo.
Mora la observó en silencio.
—Te lleva lejos, ?no? —dijo finalmente, con una voz más suave de lo habitual.
Yui asintió despacio.
—A casa… o al menos a lo que una vez fue mi casa.
La diosa se apoyó contra la mesada, cruzándose de brazos. Durante un momento, dejó de ser la imponente deidad que todos respetaban, y parecía simplemente alguien que entendía demasiado bien ese tipo de nostalgia.
—Yui —dijo con un tono serio pero cálido—, ayer mostraste una fortaleza que va mucho más allá del combate. Pero hoy… hoy no necesito a una guerrera. Necesito que seas una chica de tu edad que disfruta su juventud
Yui la miró, confundida.
— ?Vivir mi juventud?
—Sí. Vivir un poco. Digamos que es una orden divina —agregó con una leve sonrisa—. El laberinto seguirá ahí ma?ana. Pero si te lanzas a él sin haber dejado que tus heridas cierren un poco, solo te romperás más.
Yui bajó la mirada hacia su taza.
—No quiero perder tiempo… siento que si me detengo, todo lo que pasó me va a alcanzar.
Mora caminó hasta ella y apoyó una mano firme sobre su hombro.
—Ya te alcanzó, Yui. No hay huida posible. Pero tampoco estás obligada a cargarlo sola ni a convertirlo en tu único motor.
Yui apretó los labios, tratando de no dejar que la emoción volviera a desbordarse.
—Aerion siempre me decía algo parecido… —susurró—. Que no todo se trataba de correr hacia adelante.
—Aerion es un hombre sabio —respondió Mora—. Y además, te dejó una espada que sigue esperando que la conozcas.
Yui levantó la vista.
—La de Ender…
—Exacto. —Mora ladeó la cabeza—. No es casualidad que él te haya pedido que la lleves. Ender no es solo un herrero; entiende el alma de las armas. Y una espada que no ha sido aceptada por su portadora es poco más que un trozo de metal bonito.
Yui recordó la hoja corta que descansaba en su habitación. Liviana, equilibrada, pero extra?a en sus manos.
—No la usé porque… sentía que estorbaba. Mi magia, mi aura… pensé que no la necesitaba.
—Tal vez no la necesitabas antes —dijo Mora—. Pero no eres la misma Yui que llegó a Akron.
La diosa se apartó y volvió a la cocina, comenzando a preparar algo más, como si la conversación fuera tan natural como hervir agua.
—Hoy vas a hacer tres cosas —continuó—. Primero, terminar ese té. Segundo, ir a ver a Ender. Y tercero… disfrutar de estar viva.
Yui dejó escapar una peque?a risa.
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—Eso último suena más difícil que entrar al laberinto.
Mora sonrió de costado.
—Confío que podrás y hasta te asombrará ver el mundo delante de ti.
Yui volvió a llevar la taza a sus labios. Esta vez el sabor no solo le recordó a su madre, sino también este recuerdo grabándose en su corazón
Mora dejó la taza sobre la mesa con un leve tintinear, su expresión se volvió más seria.
—Ya que estás aquí quería hablar de algo más serio —dijo Mora
Yui asintió, sosteniendo la taza de té con ambas manos.
—Primero —continuó Mora—, tienes que ir a la herrería de Ender. Aerion no envía a nadie allí por casualidad. Ese herrero no solo forja armas; entiende el aura, el flujo del metal, la intención de quien empu?a una hoja. Lleva la espada que te dio tu maestro. Y no olvides aprender de un ex integrante de la diosa Amaterasu
—Sí —respondió Yui—. La olvidé en la pelea… ??También era del mismo grupo que mi maestro!?…
—Claro que si, veo que tu maestro omitió muchas cosas. No pasa nada, seguro son cosas que te contará cuando llegue el momento —la interrumpió Mora con una leve sonrisa
Luego levantó un dedo, marcando el segundo punto.
—Segundo: voy a hablar con Gemine y con Vanos.
Yui parpadeó.
— ?Con… ellos?
—Exacto. Están bajo custodia, pero eso no los vuelve inútiles —dijo Mora—. Yui, esas personas no llegaron tan lejos por casualidad. Aunque no estén directamente ligados a lo que pasó en Eldoria, existe una posibilidad real de que hayan oído algo, visto algo, o conocido a alguien que sí lo esté.
Yui se quedó inmóvil unos segundos, y luego sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y gratitud.
—Yo… no se me habría ocurrido —admitió en voz baja—. Solo pensaba en buscar pistas por mi cuenta… en luchar…
Mora la observó con una suavidad casi maternal.
—Y ahí está tu mayor error y tu mayor virtud. Luchas, Yui. Pero el mundo no se mueve solo con espadas y hechizos.
Y apoyó un dedo sobre la mesa.
—La información es el poder más grande e invencible que existe. Un enemigo puede esquivar un ataque, resistir un hechizo, incluso sobrevivir a una herida mortal… pero no puede esconderse para siempre de la verdad. Saber quién es, qué quiere, de dónde viene y que hace vale más que mil habilidades.
Yui apretó la taza entre sus dedos.
—Gracias diosa… de verdad.
La diosa asintió y, tras un breve silencio, continuó.
—Tercero —dijo, mirándola fijamente—. Quiero que vuelvas a describirme el símbolo que tenían los tres invasores.
Yui se tensó.
La imagen regresó de inmediato: las marcas en el cuello, el ala oscura, las líneas. La noche anterior lo había contado casi por inercia, atrapada por el dolor, pero ahora… ahora entendía lo importante que era.
—Era… —cerró los ojos, buscando cada detalle— un ala negra, como si estuviera hecha de sombra, inclinada hacia un lado. Y alrededor… marcas lineales, como cortes o sellos, formando algo parecido a un círculo incompleto.
Cuando abrió los ojos, Mora estaba completamente inmóvil.
Luego, muy despacio, cerró los suyos y dejó escapar un suspiro largo y pesado.
—Eso es imposible…
— ?Imposible? —repitió Yui, con el corazón acelerándose—. ?Qué quiere decir?
Mora la miró, esta vez sin ninguna sonrisa.
—No existe un símbolo así entre los dioses que pisan estas tierras. No pertenece a ninguna de las deidades que forman parte del pacto.
Yui se puso de pie de golpe.
— ?Entonces… entonces puede ser un nuevo dios! ?Uno que no siga las reglas? ?Uno que…?
Mora levantó la mano, pidiéndole calma.
—Antes de sacar conclusiones —dijo—, necesitas entender algo. Algo que ocurrió mucho antes de que tú nacieras… antes incluso de que Akron existiera.
Yui volvió a sentarse, sin poder apartar los ojos de ella.
Mora respiró hondo, como si fuera a abrir un libro antiguo.
—El primer dios en llegar a estas tierras fue Izanagi, la diosa de la creación —comenzó—. Cuando descendió, Terra aún estaba en su infancia. La magia apenas estaba despertando, las razas apenas se formaban. Izanagi no vino a gobernar ni a intervenir… vino como una viajera. Observó los ríos de energía, los nacimientos de vida, los errores y los milagros de este mundo. Su tarea era simple: contarles a los demás dioses si Terra valía la pena. Izanagi podía hablar mentalmente con Izanami su gemela gracias a su conexión
Yui escuchaba sin respirar.
—Después de ella bajó Calipso, el dios de la prosperidad y la purificación, el mismo al que hoy todos conocen como el dios de los gremios. Donde Izanagi veía potencial, Calipso veía estructura. él entendió que este mundo podía crecer… pero solo si no se lo rompía con poder divino. Entre ambos dieron el visto bueno para que otros dioses descendieran, no como conquistadores, sino como guías.
Mora se acomodó en la silla.
—Cada dios podía establecerse en la ciudad que quisiera. No había jerarquías. Todos tenían la misma función: ayudar a que este mundo evolucionara por sí mismo, sin imponerle una voluntad.
— ?Y entonces…? —dijo Yui.
—Entonces se creó el pacto de aura divina.
Los ojos de Mora se volvieron serios.
—Izanagi y Calipso reunieron a todos los dioses que habían descendido y se establecieron las leyes. La principal era clara: ningún dios podía usar directamente sus habilidades para da?ar seres vivos. No podíamos intervenir como armas ni imponer nuestra voluntad.
Yui recordó las plegarias en el laberinto.
—Pero sí podían compartir su fuerza… —murmuró.
—Exacto. Nosotros lo llamamos Buffs. Oraciones, fragmentos de nuestra aura. Si Athena quiere mejorar sus flechas, solo tiene que darme una plegaria relacionada a la habilidad que utilizará, eso encenderá mi aura en ella y mi símbolo arderá en su cuerpo. Pero no cualquiera puede recibir nuestra energía. El cuerpo y el alma deben ser lo suficientemente fuertes, o se romperían. Por eso todo mundo aquí crece en niveles gracias a Calipso aunque el desarrollo humano ya venía por ese camino el solo le dio el empujón que pidieron
Mora continuó:
—Otra regla fue aún más dura: un dios que regresa al cielo no puede volver a Terra. La decisión de bajar es definitiva.
Yui recordó a la diosa de su maestro
—La diosa de mi maestro… Amatera…
—No hay excepciones Yui, si mueres aquí vuelves al cielo, si regresas por tu cuenta igual. —Un dios puede morir solo si agota su aura divina, o si rompe las reglas. —Tu maestro aun tiene cosas que contarte pero para eso también tienes que saber más de este mundo, estoy segura que por eso prefiere que veas las cosas con tus propios ojos.
—El pacto fue sellado en una sala creada por Calipso. Allí cada dios dejó aura divina con la forma de su símbolo característico. Si uno muere, su llama se apaga. Si uno rompe las reglas, su llama arde con violencia hasta el punto de regresar a su due?o e ir desapareciendo para volver al cielo. Y si un nuevo dios intenta bajar… el mundo lo sabría.
— ?Cómo? —preguntó Yui.
—Porque si un dios nuevo desciende, el día se convierte en noche o la noche en día. Y además se crea automáticamente un nuevo espacio en ese recinto para que deposite su aura. No hay forma de evitarlo. Calipso extendió su habilidad de detección a través de las torres, por todo Terra. El punto de descenso siempre es el mismo: su recinto.
Mora negó lentamente.
—Por eso el símbolo que viste no tiene sentido. Si un nuevo dios hubiese bajado, lo sabríamos. Si uno hubiese roto el pacto, lo sabríamos. Pero no ocurrió nada, este pacto se realizó con un hechizo a nivel divino
Mora deja que Yui vea el sello utilizado en el pacto recorrer su cuerpo
—Gracias a esto nosotros podemos estar al tanto de los movimientos irregulares de los dioses
Yui sintió que el aire le faltaba. Se llevó una mano a la cabeza.
—Entonces… ?y si nunca los encuentro? ?Y si… todo esto es más grande de lo que puedo alcanzar?
El miedo la atravesó como una cuchilla.
Mora se levantó y le tomó suavemente las manos.
—Yui. Tranquila, estas frente a una diosa que no te dejará sola en esto.
Le sonrió con calma firme.
—Esto es un misterio, sí. Uno grande. Pero también una irregularidad que paso por alto ante todos los dioses en Terra. Ya le envié una carta a Calipso quien solicitó la reunión de todos los dioses de Terra y hablaremos de este asunto. Si alguien ha roto las reglas… lo sabremos.
Yui asintió, temblando un poco, pero ya no cayendo al vacío.
Yui inclinó la cabeza con sinceridad.
—Gracias, Mora… Ahora lo entiendo todo. Por eso no interviniste directamente en el laberinto, ?verdad?
La diosa soltó una risa suave, casi aliviada de que Yui hubiera llegado sola a esa conclusión.
—Eres más perspicaz de lo que crees.
Se apoyó contra la mesa, sosteniendo su taza de té.
—Existen tres condiciones bajo las cuales un dios puede usar sus habilidades directamente en Terra, aunque sea por tiempo limitado. La primera es simple… y prácticamente imposible: que sea la única deidad presente en este mundo.
Yui abrió los ojos un poco.
—Eso nunca va a pasar…
—Exacto. La segunda es aún peor —continuó Mora con una sonrisa ladeada—: una votación unánime entre todos los dioses. Y créeme, eso es algo que no ha ocurrido ni una sola vez desde que el pacto existe.
Yui dejó escapar una peque?a risa nerviosa.
— ?Y la tercera?
Los ojos de Mora brillaron con diversión.
—Ah, esa es la única que realmente ocurre. Una vez al a?o, todos los dioses organizamos un juego. Es completamente aleatorio, caótico y… bastante ridículo a veces. El ganador obtiene el derecho de usar sus habilidades divinas durante unos días.
— ?En serio…? —murmuró Yui, sin saber si reír o sorprenderse.
—En serio —asintió Mora—. Aunque la mayoría no lo usa para pelear. Lo aprovechamos para fortalecer a nuestros seguidores, mejorar su eficacia en las torres, ayudar en misiones complicadas. Terra es un mundo tranquilo, Yui. Aquí tratamos de evitar los enfrentamientos directos.
Bebió un sorbo de té.
—Urano es distinto. Allí hay rankings, jerarquías de poder, dioses especializados en el combate. Algunos de ellos tienen guerreros realmente impresionantes. Pero aquí… no vivimos para la guerra.
Yui bajó la mirada, pensativa.
—Entonces… incluso siendo una diosa, estás tan limitada como nosotros.
Mora sonrió con una mezcla de orgullo y melancolía.
—Más de lo que imaginas. Por eso lo que hiciste en el laberinto, lo que hicieron todos ustedes… tuvo tanto valor.
Yui levantó la vista, con una peque?a sonrisa.
—Supongo que eso significa que ahora entiendo un poco mejor este mundo… y a ti.
Mora alzó su taza.
—Y eso, peque?a elfa, es mucho más poderoso que cualquier hechizo, así que no vayas a usarla contra mí
Ambas rieron juntas terminando su charla

