El resplandor anaranjado de la fogata temblaba entre los árboles, como si incluso el fuego dudara si debía seguir ardiendo. La nieve caía con una lentitud dolorosa, cubriendo el bosque con una capa de silencio absoluto. Todo estaba quieto, como si el mundo supiera que estaba presenciando el final de algo sagrado.
Frente al fuego, dos almas rotas intentaban sostener lo insostenible.
Drunken estaba en el suelo, sus rodillas enterradas en la escarcha, la mirada clavada en Elira, como si al verla pudiera detener el derrumbe que ya había comenzado. Su rostro, su voz, sus ojos... todo en él suplicaba.
—Por favor... escúchame —susurró, cada palabra cargada con el peso de los a?os que so?aron juntos—. Si destruyes ese libro... destruirás todo por lo que peleamos. Todo lo que fuimos. Todo lo que aún podríamos ser...
Pero ella no lo miraba. Tenía la vista baja, el libro apretado contra su pecho como si fuera lo único que pudiera sostenerla en pie. Lloraba en silencio, pero no era debilidad, era convicción. Una que dolía más que cualquier herida.
—?Y a qué costo, Drunken? —preguntó al fin, entre lágrimas que caían como cuchillas—. ?Cuánta sangre más debe correr? ?Cuántos mueren cada día por nuestra obsesión con ese futuro?
Su voz se quebró. No por duda, sino por amor. Por todo lo que estaba a punto de perder.
—Yo... yo quería una vida contigo. Una casa peque?a, hijos, risas... paz —sus palabras salieron entrecortadas, como si las arrancara de un sue?o que ya sabía imposible—. Pero tú y yo... dejamos de pertenecer a ese mundo desde antes de conocernos. Lo sabíamos, pero aun así... aun así quise creer.
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Drunken apretó los dientes, sus pu?os temblaban contra el suelo. Quería gritar. Detenerla. Abrazarla. Correr. Todo al mismo tiempo.
—?Crees que esto lo arreglará? —preguntó, su voz comenzó a quebrarse—. Si lo haces, no habrá redención, Elira. No habrá futuro. No para nosotros. No para nadie.
Y entonces... llegó ese segundo. Ese instante eterno en el que el tiempo pareció quebrarse. La luna iluminó la escena como un último testigo. El fuego reflejaba en sus ojos cansados. Y en ese segundo, Elira lo vio todo: una vida que nunca vivirían. Los nombres de los hijos que no tendrían. Las ma?anas que jamás llegarían. Un mundo sin miedo... pero también sin ellos.
—Lo siento... —susurró, tan bajo como un suspiro que se lleva el viento—. Pero es lo que debo hacer.
Y con esa frase... el futuro que habían so?ado juntos se apagó.
El libro tembló en sus manos como si fuera consciente de su destino. Elira lo sostuvo por un segundo más, el último segundo de todo lo que fueron, antes de dejarlo caer al fuego. Las llamas lo envolvieron de inmediato, como si hubieran estado esperándolo, hambrientas, como si supieran que aquello no era solo papel y tinta, sino historia viva, esperanzas, promesas rotas... y amor condenado.
Drunken no gritó. No se movió. Solo observó cómo el fuego se alzaba, rojo como la rabia, dorado como los recuerdos, negro como el final. Y en ese fuego vio morir más que un libro. Vio extinguirse la última chispa de la vida que una vez habían creído posible.
La nieve siguió cayendo, cubriendo lentamente las huellas de ambos, como si el bosque mismo intentara ocultar el pecado cometido. Y entre la niebla helada, dos personas que alguna vez se amaron con todo lo que tenían se quedaron en silencio. Uno de pie frente a las brasas. El otro de rodillas frente a los restos.
Nada se dijo. Nada podía decirse. Porque cuando algo se rompe tan profundo... ya no hace falta el sonido.

