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Pastor Perdido: Mil Voces.

  El trueno aún resonaba en los cimientos del palacio. Aunque la tormenta había cesado hacía horas, el aire seguía oliendo a ozono y ceniza. Las torres de obsidiana destilaban gotas rojizas que caían como sangre diluida sobre los patios, y el estandarte imperial ondeaba entre jirones de humo.

  Drakar dormía en el trono, la cabeza apoyada sobre un brazo cubierto de runas. Su respiración era irregular, como si en cada exhalación tratara de expulsar algo que lo desgarraba por dentro.

  El sue?o lo arrastró de nuevo hacia el mismo lugar. Un campo blanco, sin horizonte ni cielo. Allí, entre la bruma, una voz sin cuerpo le habló. No tenía tono ni forma; era como si el universo mismo se hubiese inclinado para murmurar.

  —El orden ha fallado. Las razas se mezclan. El fuego de los cielos debe renacer.

  Drakar intentó responder, pero su voz no salió. Solo escuchó su propio corazón latiendo con fuerza y el crujido de algo abriéndose dentro de su pecho.

  —Purga lo que es impuro. La simiente del caos se oculta bajo la piel de los hombres. Tú eres el portador del equilibrio. Eres el eco del primer rugido.

  El aire se volvió más denso. En la distancia vio un mar de cuerpos que ardían sin sonido, una marea de rostros —humanos, bestiales, híbridos— devorados por la luz. Y en el centro de todo, una figura de piedra sostenía una esfera verde: un corazón latiendo, cubierto de grietas.

  La visión lo paralizó. Sintió miedo. No el miedo a morir, sino el miedo de recordar. La sensación de haber amado, de haber perdido, de haber sido algo más que un símbolo. Y detrás de esa memoria, un dolor agudo, como un diente enterrándose en su alma.

  —Rey Dragón… el cielo te observa.

  Unos ojos verdes le helaron la sangre.

  El rugido del trueno lo despertó.

  Drakar se incorporó con violencia. El sudor le corría por la espalda, empapando el manto real. Durante un momento no supo dónde estaba. Vio el mármol rojo, las antorchas, los círculos mágicos grabados bajo el trono. Todo parecía más peque?o, como si el palacio entero se hubiera encogido en su ausencia.

  Se llevó una mano al pecho. El corazón latía con fuerza desmedida.

  —Era solo un sue?o —murmuró, casi convenciéndose a sí mismo—. Solo… un sue?o.

  Pero cuando miró por la ventana del salón vio algo que lo detuvo. El pueblo se había congregado en las plazas: miles de voces entonando oraciones en su nombre. Los cuernos de los templos sonaban desde las colinas, un llamado grave y constante, mezclado con cantos que pedían justicia, pureza, protección.

  Y Drakar escuchó esas plegarias. Sintió cómo el aire temblaba al compás de los rezos. Las palabras humanas entraban en su mente, una tras otra, encajando en los restos del sue?o como piezas de una máquina divina.

  El miedo se disolvió. Lo reemplazó una calma antinatural. Sus pensamientos se torcieron apenas, lo justo para creer que aquella voz no era una pesadilla, sino una confirmación.

  —El cielo… me ha hablado. Y yo… he hablado.

  Se enderezó. Sus ojos, aún oscuros por el desvelo, reflejaron un destello carmesí cuando los rayos del sol atravesaron los vitrales. Afuera, los cuernos sonaron de nuevo, y el eco de su tono se confundió con el rugido distante de una tormenta que no debía existir.

  El trueno perpetuo resonaba incluso en los planos donde el tiempo no transcurría. En el vacío suspendido del Salón del Loto Estelar, siete tronos de energía, unos más altos que otros. El Consejo de las Voces del Universo deliberaba.

  Durante un lapso indefinible solo habló el trueno. Finalmente, una voz rompió el silencio:

  —El Dragón Rojo ha declarado la cruzada —apretó los pu?os—. En menos de tres días, sus decretos alcanzaron cada dominio humano. Las plegarias de los templos amplifican su qi… —su mirada se afiló— y las sectas callan por miedo.

  Una luz azul y serena habló:

  —Callan, sí. Pero no todas obedecen. Los emisarios de los reinos del Sur y del Este protestaron abiertamente. En el Reino de la Libertad Eterna, la reina elfina suspendió los pactos de intercambio espiritual. Y en el Dominio del Coral, el regente leviatán amenaza con romper los acuerdos marítimos. Drakar no ha declarado la guerra solo a los semihumanos… sino al orden del continente.

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  Desde el trono púrpura salió una voz femenina; sonó una risa seca:

  —Los reinos no humanos siempre han esperado una excusa para retirarse del pacto. No lo olviden: sin los humanos, este mundo habría caído hace siglos. Drakar solo hace lo que muchos piensan y nadie se atreve a pronunciar.

  La voz envuelta en humo dorado respondió con dureza:

  —?Y eso justifica el genocidio? Si extermina a los regentes no humanos, ?Quién controlará las barreras marítimas o las líneas de niebla? Sin ellos, el flujo del qi se desestabilizará. Las grietas se expandirán.

  El Púrpura contestó sin emoción:

  —Las grietas ya existen. Solo las disfrazábamos con pactos. Los híbridos, los elfos, los bestiales… todos ellos son residuos de la Gran Decepción. Si el mundo va a renacer, debe hacerlo desde la pureza.

  Una voz femenina, tenue como el cristal, habló desde el Este:

  —Pureza… esa palabra fue la que selló la ruina de siete mundos. Los códices del Archivo Primigenio advierten que las razas híbridas surgieron tras la colisión de universos; son manifestaciones de adaptación, no corrupción. Negarlas es negar al propio espíritu del cosmos.

  Un murmullo recorrió los tronos.

  La Voz Central, el trono más alto, intervino:

  —El conflicto se extiende. Las sectas de los dominios fronterizos se dividen: unas juran lealtad al trono del Dragón Rojo, otras declaran neutralidad, y unas pocas envían discípulos a los reinos no humanos para ofrecer refugio. El equilibrio se rompe y el qi mundial se distorsiona. Si el rey continúa su cruzada, la resonancia del continente podría fragmentarse en tres polos irreconciliables.

  Uno de los asientos elevados, que solían ser callados, a?adió con gravedad:

  —Ya hay templos en el Dominio del Espejo que veneran a Drakar como “Eco del Cielo”. El pueblo lo considera un emisario divino. El qi del reino responde.

  Otro trono elevado tembló:

  —Los cielos verdaderos no responden al miedo. Lo que lo fortalece no es el favor divino, sino una imitación. Algo… o alguien… está usando su alma como canal.

  El Púrpura sonrió, invisible:

  —?Insinúas posesión? Entonces sería su destino. ?Y no es destino la herramienta predilecta de los cielos?

  El silencio cayó sobre el Consejo. El trono más alto alzó la mano. El vacío se estabilizó.

  —El Consejo no declarará posición. Aún. Pero sellaremos el Archivo Primigenio. Si el rey descubre que sus cruzadas contradicen los registros antiguos, su furia se volverá incontrolable. El mundo necesita orden, aunque sea uno en ruinas.

  Hubo un breve destello púrpura, seguido de palabras que helaron la cámara. Su voz sonó desesperanzada:

  —Los oídos del Dragón Rojo ya están entre nosotros. Debo retirarme de emergencia.

  El trono púrpura se apagó. Los otros seis permanecieron inmóviles, mientras el trueno volvía a rugir, profundo, lejano, casi humano.

  Drakar no estaba realmente en el puerto, pero lo veía con claridad. Su cuerpo permanecía en el trono, pero su conciencia vagaba kilómetros más allá, suspendida sobre el mar. Desde las alturas veía las brasas del pueblo pesquero aún humeando. Nada se movía, ni siquiera el viento.

  El mago observó la devastación con ojos que no eran del todo humanos. El Ojo del Horizonte, su hechizo más usado en estos días, le permitía ver los resultados que su propio castigo había dejado: líneas de luz retorcidas, edificaciones y templos derrumbados sobre sí mismos. Por un momento no sintió orgullo ni remordimiento. Solo un cansancio que parecía venir de muchas vidas atrás.

  Al momento siguiente recordó el renacimiento.

  Había sido en un santuario oculto, cubierto por siglos de polvo. El aire olía a cera y a piedra vieja. Runas grabadas en un círculo de obsidiana aún conservaban el calor de un fuego ritual. Su alma se reconstituyó lentamente, como si un hilo invisible la tejiera desde la nada.

  Una figura encapuchada se inclinó sobre él. No había amenaza en su voz ni oscuridad en su gesto. Solo reverencia.

  —Despierta, Gran Mago del Alba Carmesí. El cielo necesita de la flama roja.

  Y Drakar creyó. Drakar volvió a nacer. Creyó que el cielo le daba una segunda oportunidad. Creyó que su poder existía para proteger el mundo. Ese recuerdo, pulido por los a?os, era su ancla: la razón por la que nació como heredero e hijo único.

  Volvió en sí. El amanecer te?ía de color la capital. Desde la torre, su vista y su conciencia se superpusieron: el mar ardiente y la ventana del trono eran como uno solo. En ese momento de calma, al haber abandonado por un instante el dolor que lo había cegado, recordó que su objetivo inicial era guiar con compasión; que su longevidad respondía a un propósito; que debía llevar el mundo por buen camino como el legendario Mago del Alba Carmesí renacido en esta época.

  Por un instante su rostro se tensó, el reflejo de lo que alguna vez fue compasión. Pero los cuernos del templo rompieron el silencio, deteniendo su reflexión en el momento perfecto. El sonido le recorrió la espina, profundo y solemne, seguido por las plegarias del pueblo. Miles de voces lo llamaban. Miles lo alababan.

  Y con cada palabra, el eco de su duda se apagó. Soltó un suspiro, en calma.

  —Debo deshacerme de las grietas.

  Su mirada se volvió peligrosa.

  Una palabra se formó en su mente, impropia de él. Pero el tono extra?o se perdió en la determinación.

  ?Purifica…?

  El susurro no venía de fuera, sino de adentro. Sonaba idéntico al del día de su renacimiento, pero con un timbre más grave, más vasto. Drakar cerró los ojos. El miedo se disolvió. Su espíritu volvió a fundirse con el fervor del pueblo.

  —Sí… el mundo será uno.

  Un pulso recorrió los cimientos del trono. El aire chispeó con magia azul, y las torres del reino se iluminaron en respuesta. El trueno rugió, profundo y persistente, como si los cielos confirmaran su palabra.

  El gran mago Drakar del Alba Carmesí, conocido en esta vida como el Dragón Rojo, redentor del Reino del Espejo, sonrió con serenidad. Con cada trueno, una semilla crecía en su alma. Con cada alabanza, la luz azul se te?ía de rojo.

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